Podemos utilizar el mismo lenguaje, podemos emplear palabras similares, podemos enojarnos con la misma intensidad o alegrarnos ante estímulos parecidos…..sin embargo, en más ocasiones de las que nos gustaría, la comunicación con nuestros hijos nos resulta complicada.

 

Posiblemente, haciendo un esfuerzo, podríamos hablar con ellos, dirigirles frases cargadas de información, útil para su desarrollo. Pero a pesar de ello, seguimos sin obtener la respuesta que esperamos. Nuestra comunicación no está siendo efectiva.

 

Pensemos por un momento cómo nos gustaría que nos atendieran cuando exponemos un hecho importante, cuando hacemos una petición improrrogable, o cuando deseamos un cambio de conducta en el otro. Seguramente, en todas estas situaciones hemos imaginado a nuestro interlocutor dirigiéndose físicamente hacia nosotros, mirándonos a los ojos y asintiendo con la cabeza ante el seguimiento de nuestro discurso. Estos gestos son demandados por todos en la comunicación, porque nos gusta sentirnos vistos, escuchados, que somos alguien para el otro. En definitiva, que nos tienen en cuenta.

 

 Con nuestros hijos ocurre de idéntica manera. Es necesario que una de las partes implicadas, padres o hijos, de el primer paso, que decida mandar mensajes positivos, que muestre confianza en el otro y no desista de esta tarea aunque el resultado no sea el esperado. Y nos toca a nosotros, como adultos y padres, trabajarlo en nuestros hogares, porque somos el modelo y guía para nuestros hijos. Recuerdo una ocasión, en la que una mamá que traía a consulta a su hija de 7 años, me peguntaba a voz en grito “pero ¿por qué mi hija me chilla de esta manera?”. Probablemente estamos enseñando en nuestra comunicación conductas que reprobamos en ellos, y que son espejo de nuestro comportamiento.

 

Es posible encaminar una buena comunicación con nuestros hijos. Las familias que asisten al ciclo de charlas en el COF, encuentran modos de actuar ante situaciones cotidianas que se dan en los hogares. Sólo si aprendemos a emitir conductas distintas obtendremos respuestas diferentes.

 

 

Consultorio

 

Pregunta: Da igual cómo le diga las cosas, siempre me contesta mal, parece como si nos odiara, ¿qué puedo hacer?

 

Respuesta: Creo que una de las mayores dificultades que encontramos en los jóvenes es la inconsistencia. Parece como si estuvieran andando por la cuerda floja, sin confianza, pasando de un lado a otro de la línea con total impunidad. Una y mil veces lo harán, y forma parte de su desarrollo. Pero nuestro papel debe ser inamovible, nuestras respuestas deben ser constantes, y no variar en función de su mala contestación o mi debilidad. Si la petición que hacemos, la realizamos con seguridad y afecto, la recepción del mensaje aumenta las probabilidades de éxito. Si en el camino hasta que se consiga, encontramos respuestas desproporcionadas, debemos reflejar nuestra desaprobación con frases cortas y directas, que no se conviertan en el foco de nuestra conversación, del tipo “comprendo que te hayas enfadado, pero no puedo tolerar que me hables así”. De esta manera, nuestro hijo se siente comprendido, y está más abierto a aceptar mi rechazo ante una mala contestación, sin mover los límites que se han impuesto en cada casa.

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